Literatura Universal

Wednesday, March 31, 2004

El regreso
Por Rafael Rodríguez

¡Oh! María, acabas de pasar por el frente de la casa de mis padres. Vine aquí nuevamente a verlos a ustedes después de doce años. Todo este tiempo lo he pasado en Nueva York. Pero hoy pasaste y no me viste; no miraste para acá; quizás porque piensas que no estoy aquí. Sin embargo, te vi igual que siempre: el cabello despeinado, los labios carnosos y la belleza natural. Tú eres la misma; recuerdo cuando tú y yo jugábamos de manera inocente. A los quince años nos dimos nuestro primer beso; sí, recuerdo, te escondías entre los árboles y yo te perseguía jugando. Luego, nos abrazábamos con ternura e inocencia.

Todas las mañanas, montado sobre un caballo, yo pasaba por el frente de tu casa; siempre te veía mirando por las ventanas. Muchas veces me brindaba una sonrisa; otras veces, me tirabas un beso. La sonrisa y el beso se quedaban conmigo por el resto del día. Yo me robaba las flores de los jardines y durante las noches las arrojaba dentro de tu habitación, a través de la ventana. Durante esos días asimilé las ideas más pulcras y transparentes que se asentaron en mi espíritu. Aprendí a amar y a apreciar la belleza natural del campo. Recuerdo la noche estrellada en que los dos caminábamos juntos bajo el cielo infinito; caminábamos en silencio, tú con una de mis manos agarradas y yo con tu alma en mi pecho. Esa noche comenzó a llover mientras caminábamos, corrimos juntos sintiendo la tibieza del agua del Caribe. Llegamos a tu casa mientras tus padres dormían, me diste un beso y me dijiste adiós. Todavía me recuerdo de esa noche bajo la lluvia cuando veo el agua caer del cielo. También recuerdo el clavel rojo que esa misma noche puse en tu cabeza; pero que luego se marchitó cuando corriendo se cayó en el suelo.

Todavía tengo dibujados en la mente tus ojos de miel; esos dulces ojos que siempre me miraban con la ternura de un ángel. En tus ojos yo me miraba y en ellos retrataba mi rostro; algunas veces me quedaba ensimismado cuando mirándote yo descubría que tú te ruborizabas; era un rubor de niña ingenua.

Te gustaba mucho verme montar a caballo. Siempre galopaba rápido cuando pasaba por el frente de tu casa; para luego escuchar de tus labios que, por favor, me cuidara.

Una de las cosas que más extraño son los juegos en los atardeceres, bajo los frondosos árboles y las estrelladas noches. Quiero un pedazo de ese cielo en Nueva York; también quiero los árboles, la lluvia y el aire de ese mundo pulcro en que vivíamos tú y yo.

Me fui a Nueva York; la noche anterior lloraste mucho. Yo prometí que volvería. Tú me esperabas; pero allá me puse a estudiar literatura y política. Tú sabes muy bien que siempre me gustaba leerte poesías. Recuerdo que siempre te ponías a llorar cuando yo escribía sobre tus labios y tus ojos. Mi vida en Nueva York es diferente; no tiene los árboles ni el cielo ni el aire del Caribe. Sin embargo, lo que más extraño de mi país eres tú; también extraño la inocencia de esos tiempos: un beso limpio sin nada más, una sonrisa sin un mal pensamiento. En ningún lugar encuentro tus ojos, ni en las fotos de los niños ni en los pétalos de las rosas. En ningún lugar encuentro tu voz, ni tus labios ni tus manos; no puedo encontrarte ni a ti ni tu mundo, en Nueva York.

Todo ha cambiado para mi. Sé que piensas que soy otro, que me he olvidado de ustedes. No, María, no me he olvidado de esos momentos preciosos de mi vida; ellos se irán conmigo a la tumba. Las lecturas de Baudelaire, Sartre, Kant, Nietzsche, Kafka y otros produjeron una metamorfosis en mi intelecto; sin embargo, dejaron mis emociones intactas. Enseñé en una escuela secundaria y en una universidad en Nueva York. Tú nunca le pusiste atención a los libros, siempre preferías jugar conmigo.

He tratado de vivir una vida decente, tal como tú la soñaste para mi. Me convertí en profesor; pero, a veces, cuando camino por las calles de Nueva York y miro el menosprecio en el rostro de la gente, me pregunto sobre el por qué cambié este mundo por aquél. Todo me parece tan absurdo que a veces quiero regresar para siempre a la tierra que me vio nacer.

Ustedes caminan conmigo por las calles de Nueva York; aunque sus cuerpos estén aquí, yo los llevo a ustedes en mi alma y en mi mente. No te puedes imaginar lo difícil que es vivir con el fantasma de cada uno de ustedes detrás. Cuando llegué allá y vi la nieve por primera vez, inmediatamente te imaginé a ti; sentí deseo de jugar contigo en ella. Pensé que te sorprenderías de la misma manera en que yo me sorprendí; a veces, con tus ojos me ponía a ver las cosas. Las calles, las tiendas, los edificios, los trenes y el ruido de la ciudad parecían tener un retrato tuyo; las demás personas no lo podían ver porque nunca habían vivido tu mundo tal como lo había vivido yo.

Cuando fui a estudiar a la universidad, muchas veces te imaginé en el aula conmigo. Un día, en una clase de literatura, leí un poema de una manera muy hermosa; lo leí así porque yo pensaba que tú me estabas mirando; pero me di cuenta de lo contrario cuando no recibí el beso con el cual tú usualmente me recompensabas.

La primera vez que vi la Estatua de la Libertad no sentí nada, quizás porque la estatua representaba todo lo contrario a lo que yo estaba viviendo. Me sorprendieron los edificios; pero me sorprendió más la ausencia de los árboles y las flores.

Hoy parece que soy otra persona; pero en mi interior sigo amando todo este mundo. El aire es diferente cuando lo respiro, el sol me golpea como si fuera dándome la bienvenida. Allá nunca me sentí en mi mundo. Hoy me siento como un extranjero; sin embargo, estoy en mi tierra. Tú pasas sin verme. Los demás muchachos pasaron y ya tienen hijos; me saludaron, pero ya no es lo mismo. Vine pensando que todo sería igual. El tiempo siguió caminando cuando yo me fui. Pensé que se había detenido y ahora al llegar me doy cuenta que todo fue un sueño.

Ya todo es diferente; si regreso no podré ser el mismo. Descubrí que construyeron casas donde estaban los árboles que vieron nuestro primer beso; nuestros amigos ya no sonríen igual. Hoy temprano corrieron lágrimas por mi rostro cuando el hijo de tu primo Miguel le preguntó a él que quién era ese señor. Venir y volver a comenzar nuevamente; no, no quiero otro dolor. Dejé este mundo y construi otro. No me siento con la fuerza y el coraje de destruir aquel otro para regresar a éste que ya no es el mismo.

María, no sé si irte a ver; el dolor será mayor si tú reaccionas como los demás. Juan me contó que te casaste con Pedro y que tienes dos hijos con él. Vine a reencontrar mi mundo y lo que encuentro es dolor. No quiero volver a Nueva York; pero creo que allá puedo soñar con ustedes. Hoy me voy, María, sin decirte adiós. Espero que no pienses mal de mi cuando te cuenten que vine al país y me fui sin decirte adiós.

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